Voy a crear lo que me sucedió. Todo está en esa cita de Clarice Lispector que abre la novela. Si la ficción es la única manera que existe de afrontar la realidad, tenemos que recordarla jugando, construyendo nuestro propio tiempo y espacio donde los hechos salgan de la linealidad de causa y consecuencia que siempre necesita culpables. La historia narra una ausencia y, siempre que algo sucede, comienzan las preguntas: dónde estabas, qué hacías, qué palabras dijiste justo antes y que quizá fueron el conjuro que desencadenó todo. Por eso, hay que desordenar el mundo para poder hacerlo digerible. El tiempo no es una línea, sino un cartón de bingo en el que saltamos de un número a otro, de un momento a otro, porque hay pasados que son presente todos los días. Podemos llamarlos fantasmas. Para la narradora, todo es un ahora personal donde están los presentes, los pasados y eso que sólo ella puede ver, el pasado que siempre es ahora. Nunca dejamos de estar en aquellos a los que amamos, nunca dejan de hablarnos. ¿Nunca? La novela se pregunta cómo volver a mirar el espacio y el tiempo que compartiste con alguien cuando ya no está, pero sigue estando. Desordenarlo. Separar lo que esta junto para unirlo en otro relato, como se narra en el Génesis. El desgarro del olvido se convierte en una necesidad para poder dejarse amar de nuevo, para poder volver a jugar.