Tengo 6 horas y 45 minutos por delante y tienes 6 horas y 45 minutos para escribirme. No te preocupes, no hay prisa. No siento el frío que está empañando las ventanas y estoy escuchando un disco de Galerna. Ellos viajan a Roma y yo viajo de vuelta, con esta sensación permanente y ridícula de que el léxico me falla cuando hablo de ir y de venir. Vuelvo a casa, supongo. Tú estás en esa ciudad a la que llamo casa pero tú, que piensas que todo lo sabes, no tienes ni idea de que yo estoy en un autobús esperando tu mensaje, que tiene que llegar en las próximas 6 horas y 39 minutos. No lo sabes porque decírtelo sería darte la respuesta antes de que hagas la pregunta y yo quiero escucharla. 6 horas y 38 minutos. Es muy fácil, son cuatro palabras. 6 horas y 37 minutos. Pero no hay prisa. 6 horas y 36 minutos. No voy a estar aquí sentada esperando. 6 horas y 35 minutos. Tengo otras cosas que hacer, ¿sabes? Y este disco está muy bien y el viaje es largo y tú lo sabes todo. 6 horas y 28 minutos. Así que sabes lo que quiero. 6 horas y 27 minutos. Y cuando lo envíes me recostaré por fin sobre el asiento y cerraré los ojos y podré escuchar la lluvia y la canción que está sonando y quizá sabré dónde estoy y lo que me queda por llegar pero hasta entonces. 6 horas y 24 minutos. No te preocupes. 6 horas y 23 minutos. No hay prisa.