No sé cuántos libros he leído en mi vida. A mi mala memoria se une la falta de interés por los números que se concretan en cantidades. Muchos de esos libros han pasado a la mejor vida de los desmemoriados. Cumplieron un objetivo: me hicieron feliz unas horas. Y no puedo pedirles más. En cambio hay otros que se han quedado de tal forma que ocupan un lugar en mi memoria y en mi casa. Y el mérito se lo deben a sus personajes muchas veces. Eso es lo que ha hecho hace nada Ana no, de Agustín Gómez Arcos. Ana ya se ha instalado en mis recuerdos y en mi corazón y ni quiero ni puedo borrarla. Ana No cuenta la historia de una mujer pequeñita e invisible para el mundo que recorre de Sur a Norte y siguiendo las vías del tren, una España que hace nada ha estado en guerra y le ha arrebatado a su marido y a sus tres hijos. Y Ana, que fue Ana niña, Ana enamorada, Ana madre, Ana esperanzada, Ana soñadora se ha ido volviendo gris hasta hacerse negra y pequeña como una hormiguita. Hasta hacerse Ana no.
Ana no es una abuela como la mía y como la de todos, a la que la postguerra vistió de negro y le ató la melena en un moño prieto. Una abuela que se pegó a los fogones porque si la vista y el tactoya no servían para traer a los suyos, sí los olores y los olores le evocaban recuerdos. Ana no es cada mujer de edad indefinida a la que la guerra la despojó de sus hombres, de sus hijos, de los sueños.