Mi madre empezó a escribir en rojo cuando sintió que en ella se hacía espacio para mí.
Los primeros pensamientos y las primeras letras que me fueron dedicadas eran del color de la sangre de la que procedo, también de la que faltó para anunciar que yo ya estaba.
Era enero y no paró de escribir hasta septiembre, pasaron por ella tres estaciones mientras yo la iba invadiendo poco a poco.
“Crece sana y fuerte, que yo cedo. Mi cuerpo se va a adaptar a todo lo que vengas a ser. Te ofrezco ser canal abierto para tu llegada, ven cuando quieras que yo te espero”.
Luego septiembre y el sol, un poquito antes porque la tierra llama a la tierra.
Mi madre siguió haciéndome destinataria de sus letras, pero ya de otro color, porque todo el rojo de su linaje lo albergaba ahora mi cuerpo.
Mi mayor certeza para poder habitar este mundo es que ya existía para mi un hueco mucho antes de que me pensaran. La intuición de mi madre le contó que yo sería.