Recorrer con los ojos las grietas en las vidas de las mujeres que protagonizan los relatos de Era todo el mismo hueco, de Eider Rodríguez, es un extraño disfrute. No es cómodo, ni complaciente. Hay desasosiego, agobio y misterio, asociados a emociones que reconocemos como propias. A las más potentes, como el amor, o a otras que tienen más que ver con el vacío. Con las fallas. Con las vetas de la madera, los surcos de la tierra, las lombrices, los malos gestos, la ausencia de gestos. La ausencia de cuidados. El exceso de cuidados. Lenguajes que no se comparten con quien se supone que deberían compartirse, o que se comparten con extraños. La búsqueda en cuerpos ajenos, en casas ajenas. La memoria y lo que quedará de ella. Las mujeres de Eider se revuelven en sus vidas y buscan en el espejo de otro el reflejo de lo que les acompaña y no ven a simple vista, como el reflejo de un espectro. Sus relatos no renuncian al humor, a imágenes que resultan cómicas por grotescas o absurdas. O ridículas. El último relato, El cráter, parece despegarse de los demás pero solo es el más extremo. Habla de una grieta aún mayor, la que solo tiene por delante la ausencia definitiva y el duelo, la que provoca una reacción cotidiana y aparentemente insignificante. Cuando una relación muta en mundo, un mal gesto es un seísmo.