VEO EL MUNDO COMO UNA GRAN SINFONÍA
Una foto de Albert Einstein con los ojos bien abiertos, un pangrama tullido elaborado por chatGPT, soldados desertores, un hombre partido por siete rayos, un artículo de Pasolini sobre las luciérnagas, dos pájaros desgajados de un cuadro de Goya, la etimología del deseo y las estrellas. Una historia detrás de otra historia detrás de otra historia —fascinantes todas las historias, por cierto, heterodoxas, disidentes, los reveses de los grandes relatos—. Pero lo que salta a la vista distraída como un anecdotario asombroso, una antología de minoridades extraordinarias, apenas la lectora lo observa un poco más detenidamente, empieza a insinuar otro movimiento.
En una página, casi como al pasar, una idea que emerge: detrás de la realidad visible hay otra invisible. Y en ese punto, el motivo.
Veo el mundo como una gran sinfonía (Mireya Hernández, 2025, Pepitas Ed.) es un elogio y una exaltación de las conexiones secretas leves imperceptibles que existen en la multiplicidad. Formas de la convergencia que proliferan: en el tiempo (antes, después, en simultáneo), en el espacio (lugares que se repiten y alojan momentos disímiles), en las proximidades y en las diferencias, en las asociaciones que se disparan en la mente descontrolada, en las genealogías, entre los textos. Una vida puntual y lo que ocurre a su alrededor, y lo que ocurre alrededor de ese alrededor. Capas. Derivas. Desvíos. Y la confluencia de vectores en un plano euclidiano.
Con el lenguaje fragmentario de la conciencia, lo que sea que haya escrito Mireya Hernández —ha sido presentado como ensayo y como crónica, pero es mucho más, es un texto plural polifónico desbordado en el que también cabe la probabilidad la imaginación las mentiras los que hubiera pasado si— va a la vez develando y tejiendo ese misterio vertiginoso que da sentido al mundo. Una (otra) mirada. Como una sinfonía. Literaria y bestial.
VEO EL MUNDO COMO UNA GRAN SINFONÍA
MIREYA HERNÁNDEZ/ PEPITAS/ 2025
