LA GUARDIANA

He perdido la cuenta de las veces que he escuchado “¡Y la casa en sí es como otro personaje más!” últimamente. Para alejarme de lo que ya se está convirtiendo en cliché diré que, en La guardiana, la casa no es un escenario: es un sistema nervioso. Todo pasa por ella, todo se filtra, todo se retiene. Y en el centro, Isabel, que sostiene un orden defensivo sobre el hogar familiar en el campo neerlandés. Porque lo que guarda la casa trasciende la calidad de objeto. Isabel es la disciplinada y solitaria guardiana de los restos de una guerra y un pasado. Entonces llega Eva. Bajo el calor asfixiante del verano de 1961 nuestra protagonista ve su rigidez alterada por una mujer que trae consigo el caos, el ruido, la sensualidad, la desvergüenza. Eva rompe el equilibrio, descolocando tanto lo doméstico como lo íntimo. ¿Están desapareciendo sus tenedores? La novela se construye en ese temblor casi imperceptible entre vigilancia y fascinación, entre rechazo y atracción, hasta que los límites dejan de distinguirse. La Guardiana instala una atmósfera, una densidad que se siente en cada párrafo mientras la historia avanza con pulso de suspense. Yael van der Wouden escribe sobre el deseo como obsesión y culpa, como capricho irrefrenable que todo lo revoluciona y deja la casa patas arriba. Hay un pasado instalado en los cuerpos y en las habitaciones, que amenaza con salir cuando se abren los armarios y se deshacen las camas.

LA GUARDIANA

YAEL VAN DER WOUDEN / SALAMANDRA / 2025

LAURA GUTIERREZ

AUTORA