Me senté a su lado en silencio. Su brazo rozaba el mío, una fricción suave, de un color azulado, que se hizo más intensa cuando cogió la cucharilla para remover el café que nos acababan de servir. Habíamos estado paseando por el parque mientras hablábamos de nada en particular, justo antes de que empezara a llover y mi flequillo se convirtiera en la peor versión de si mismo. Desde allí dentro, aún podía oír las hojas de los árboles cantar y bailar, y mi cuerpo se mecía levemente al ritmo que marcaban, tratando de que mi sistema nervioso recordara que tenía la capacidad de moverse. A través del cristal, una paloma nos miraba y picoteaba el suelo entre pequeños saltitos. Abrí la boca para decir algo, pero las palabras se quedaron encalladas en algún punto entre la boca de mi estómago y mi paladar. Alargó el brazo para coger otro sobre de azúcar. El mío no, el otro. Ese siguió ejerciendo la presión justa para asegurarse de que la punzada que se había instalado en mi interior, y me recorría de arriba a abajo, seguía ahí. Una gota de lluvia de su pelo cayó sobre la mesa. Se giró no más de quince grados, lo suficiente para acercar su boca a mi oido y decir: yo también.