Irene convierte las fábulas con animales en relatos sobre el despertar sexual, sobre la identidad, sobre las relaciones familiares y amistosas. Un bestiario compuesto de conejos, serpientes, leones, osos y hasta peces abisales que canalizan las emociones para las que sus protagonistas aún no tienen nombre. Sobre la violencia y la brutalidad. Sobre el deseo voraz. Sobre el deseo puro. También sobre cómo se llama a eso que echas de menos cuando aún no sabes que lo echas de menos. Pero lo que más atrapa (araña, muerde, rasga, ahoga) es su forma de escribir. A veces como un gato, que ronronea plácidamente mientras le acaricias pero de repente se revuelve y te bufa si tocas en aquel punto. El puñetazo en la boca del estómago, la violencia cuando aún no se entiende bien por qué (¿se entiende alguna vez?) ni de dónde viene. Sí, su escritura es muy física, se siente en carne propia y en carne viva; sin embargo en ella no escasean las metáforas, el lirismo ni los arrebatos fantásticos. Los animales de Irene retuercen los tópicos e incorporan rasgos humanos; los humanos de Irene retuercen los tópicos e incorporan rasgos animales. ¿No somos lo mismo?