Leí la frase hace unas semanas y no consigo expulsarla de mi mente. “Hay una intimidad muy específica en no volver a hablar con alguien”. Si la hubiese escrito yo, cambiaría eso de “intimidad específica” por “cercanía tremenda, enfermiza, espeluznante”. El silencio es enloquecedor. ¿Por qué resulta más íntimo no volver a hablarle nunca a alguien que enviarle un simple “Feliz cumpleaños”? Hoy una persona que solía conocer cumple un año más, y me niego a redactar ese mensaje. Escribe Marta Jiménez Serrano que no hay nada peor que pasar de la intimidad al protocolo, y como con casi todo estoy de acuerdo con ella. El silencio es más íntimo que el protocolo. Hay algo en dejar ir que une de una forma enigmática; es un pacto tácito de inexistencia. Ambos cargamos con las mismas memorias, intactas, pero no dichas, como una cápsula de tiempo absurda que sepultamos y juramos no desenterrar. Silencio compartido, silencio sagrado. Silencio que hace más ruido que cualquier audio o notificación. El vínculo de la ausencia. Me niego a redactar ese mensaje. Pero lo que realmente me pregunto es: ¿tú lo estás esperando? ¿Pesa mi ausencia? ¿O es el silencio un altar solo por mi lado? Osadía egocéntrica, esperar que alguien te eche de menos. Supongo que solo queremos saber que el espacio que dejamos se nota, aunque solo sea en el fantasma de un mensaje no llega. Tal vez no volver a hablarnos fue, en realidad, lo más íntimo que hicimos.