Me despierta el rumor de una toalla que se cae en el baño a las 01:25 de la madrugada. Tengo el sueño frágil, como de cristal. Espero a volver a dormirme. Últimamente solo espero. Espero a cobrar la nómina, espero resultados de análisis, espero a que lleguen fechas en el calendario, espero a que mis padres envejezcan, espero a encontrarme otra nueva arruga en la frente, espero a que se me acabe la cajetilla de mentolados para no comprar más, espero tus mensajes, espero a que me atraviese esa canción si algún día me atrevo a darle al play otra vez. La maldita espera. Nadie nos habla de la espera. Nos hablan de las relaciones trigonométricas, del Madrid de los Austrias, del Madrid de Ayuso, de la calistenia, de qué proteínas son las mejores para engordar tus músculos, de si mañana hará sol o lloverá. Pero poco nos enseñan de saber esperar. Todo el santo día esperando. A que se acabe la lavadora, a que pase ya la declaración de la renta, a que lleguen las Navidades, a jubilarse, a que llegue la temporada de fresas, a que tu vecino deje de protestar, a quedarte embarazada. Esperamos listados innumerables. Esperamos riestras gigantescas de cosas que queremos que sucedan o que no sucedan. Esperamos sentadas, o de pie, y desplegamos las listas como un pregón kilométrico que ya nos cubre los pies y nos impide avanzar. Solo nos permite seguir esperando. Esperar al fundido a negro.