Neurosis de domingo
“La existencia nos la jugamos en lo que hacemos para llenar de sentido ese vacío que nos provocan los domingos por la tarde.”
A pocas horas de que el fin de semana llegue a su inevitable conclusión, el domingo por la tarde dibuja un horizonte de melancolía y pesadumbre que lleva incluso al mayor optimista a la oscuridad más absoluta. Lo denominó Viktor Frankl «Neurosis de domingo»: ese malestar que recorre todo el cuerpo cuando la emoción del sábado ha pasado y el temor del lunes acecha.
Hay algo muy humano en esa ansiedad generalizada, compartida entre distintas generaciones si bien por razones diversas. Cuando era pequeña, el domingo por la tarde era el momento en que me daba cuenta de que se me había olvidado comprar la cartulina que la profesora nos había pedido para el lunes a primera hora y la ansiedad hacía así su primera incursión en mi psique. Me imagino que, cuando sea anciana, será cuando me harte de las películas «de domingo por la tarde» y piense que lo que verdaderamente quiero es que alguien venga a merendar el bizcocho que he preparado. Ahora, el domingo por la tarde es el escenario idóneo para pensar en ella; denote este pronombre un amor terminado, una tarea pendiente, un familiar añorado o, quién sabe, incluso una cartulina. El instante en que nos hacemos conscientes de que todas las tiendas están cerradas y no hay solución posible. Y, como habrás intuido, no solo me refiero a la cartulina.
¿Es posible vivir toda una vida en un día? Hoy es domingo por la tarde, y no puedo evitar imaginarme a todas las personas, de todas las edades, géneros e ideologías, replanteándose cada una de las decisiones que les han llevado a este preciso momento. La existencia nos la jugamos en lo que hacemos para llenar de sentido ese vacío que nos provocan los domingos por la tarde.
