LA VIDA A MEDIAS
“Me encuentro, sin demasiada sorpresa, con ciertos paralelismos entre quienes no son capaces de tomar decisiones y quienes se anclan a la ilusión de una vida sin errores. ”
La vida a medias es la que se transita a caballo entre lo que sucede y lo que esperamos que suceda.
Lo de que el tiempo pone todo en su lugar, que la tortilla siempre da la vuelta, el arrieritos somos, las tempestades de quienes siembran vientos y pobrecitos, los cerdos y su San Martín, no son sino la excusa para no aceptar la derrota. Y no hay nada más trágico que vivir esperando a que la vida actúe en nuestro nombre cual Íñigo Montoya vengando la muerte de su padre. Que vivir esperando. Sin más.
Los años se construyen de momentos sin otra vocación que ser anécdotas que fallecen y se convierten en polvo y de otros insignificantes con el mismo papel que la sal en un buen plato, tan minúscula, tan inapreciable, tan imprescindible. Agarrarse a una nube de polvo y cenizas como forma de supervivencia es, entre todos los errores posibles, el más absurdo.
Uno espera a que sucedan cosas para tomar decisiones. Para comprarse un reloj, mudarse, leer la biografía de Virginia Woolf, cortarse el flequillo, tener otro hijo, tirar su casa, irse de casa, volver a cocinar, apagar el teléfono, pintar la pared de verde, pintarla mañana de amarillo, decir que no con rotundidad, decir sí con valentía.
Me encuentro, sin demasiada sorpresa, con ciertos paralelismos entre quienes no son capaces de tomar decisiones y quienes se anclan a la ilusión de una vida sin errores. Y en cada esperanza de que la vida provea con justicia divina, hay una espera que consume los segundos a velocidad de años. Penélope nos hizo creer que deshacer lo tejido cada noche esperando el regreso de Ulises era un acto de amor, pero quizá no sabía que podía haber tejido unas velas y navegar.
